NDIGITALCOTUI. Hay gente que uno ve en las
redes y se pregunta: ¿y esta persona cuándo trabaja? Porque se levanta
temprano, abre Instagram, prende una cámara y ya está opinando de todo lo que
pasa en el país.
Aquí hemos convertido el “sonido” en una forma
de vida. No necesariamente hay que tener una profesión, una preparación
especial o una trayectoria en los medios. Lo importante es estar ahí, hablar
duro, meterse en el lío de otro y, sobre todo, conseguir que la gente mire.
Ese es el famoso sonidista: el que vive
pendiente de la controversia. Si dos artistas se tiran una indirecta, hace un
live de dos horas. Si una influencer se separa, aparece diciendo que conoce
“toda la verdad”. Si alguien famoso tiene un problema, ahí mismo está con el
celular en la mano, listo para contar su versión, aunque nadie se la haya
pedido.
Y no siempre se trata de informar. Muchas
veces se trata simplemente de figurar, de ser visible.
Las redes también han creado otro personaje:
el que necesita aparentar una vida que no puede sostener. Alquila una jeepeta
por un fin de semana, se va para Las Terrenas, graba veinte videos, toma fotos
desde todos los ángulos y después escribe: “Dios le da las batallas más
difíciles a sus mejores guerreros”.
También están los que aparecen detrás de cada
cámara. Hay una transmisión en vivo y allá están. Hay una rueda de prensa y
aparecen. Hay un incidente en la calle y, aunque no tengan nada que ver,
quieren salir en el video. Lo importante es que alguien los vea.
Y después está el famoso “misterio” de las
redes:
“Me acaban de informar algo muy fuerte. En
unas horas voy a contar toda la verdad”. “No te mueves del canal.”
Y uno sabe que probablemente no hay ninguna
bomba. Lo que hay es una estrategia para conseguir visitas, comentarios y
seguidores.
Eso también es parte del negocio. El algoritmo
premia la atención y algunos aprendieron que la manera más fácil de conseguirla
es provocando curiosidad, conflicto o morbo. Jajaja, a los dominicanos le encanta
el morbo y el chisme.
Hay que reconocerlo: las redes cambiaron las
reglas. Hoy una persona con un celular, buena conexión a internet y suficiente
disposición para exponerse puede conseguir una audiencia que antes necesitaba
años para construir.
El problema aparece cuando el sonido, el chantaje
y la mentira sustituye al contenido.
Porque una cosa es crear contenido, entretener o comentar lo que ocurre; y otra muy diferente es convertir el conflicto ajeno en una profesión.
Por eso, cada vez que usted vea un pleito
demasiado perfecto para ser verdad, un romance sospechosamente conveniente o
una persona anunciando “una bomba” que nunca termina de explotar, piénselo dos
veces antes de compartir.
Estamos frente a alguien buscando sonido para monetizar
cuando historia inventada.
Y al final, hay una forma muy sencilla de
detener ese negocio: no regalarle nuestra atención a todo el que grita más
fuerte.
Porque cuando se acaba el público, se acaba el
sonido.
